Comunicado. con base en cifras de la OMS, cada año alrededor de 400 mil niños y adolescentes son diagnosticados con cáncer en el mundo. Las lesiones bucales derivadas de los tratamientos contra el cáncer representan una de las complicaciones menos visibilizadas de la enfermedad infantil.
Estefanía Limón de la Cruz, odontóloga y experta en rehabilitación oral de Smile Art MX, explicó que “los tratamientos oncológicos no solo tienen un impacto en la salud física de los niños y niñas, sino también en la nutrición. De esta manera, para un número importante de menores, comer deja de ser un acto cotidiano y se convierte en una experiencia extremadamente dolorosa”.
Es decir, los niños “deben aprender” a vivir con heridas en la boca que les impiden no solo comer, sino también hablar correctamente (lo que impacta en la falta de comunicación con su familia y sus doctores) o incluso sonreír.
Por ejemplo, la llamada mucositis oral, inflamación severa de la mucosa oral tiene su origen en la quimioterapia y/o radioterapia, puede provocar úlceras, sangrado, infecciones y dolor incapacitante. Así, la mucositis oral se desarrolla en 42.5% de los pacientes pediátricos oncológicos hospitalizados sometidos a quimioterapia.
Además, un estudio internacional publicado en PubMed encontró que la aparición de mucositis severa puede incrementarse conforme avanzan las semanas de quimioterapia, pasando de 12.5% en la primera semana hasta 35.7% en la quinta semana de tratamiento.
Al respecto, la National Cancer Institute señala que las complicaciones orales son uno de los efectos secundarios más frecuentes de los tratamientos oncológicos y pueden dificultar acciones básicas como hablar, comer y deglutir.
“Lamentablemente, el impacto en la boca resultado de los tratamientos oncológicos en los niños, suele pasar desapercibido frente a la urgencia de atender el cáncer. Sin embargo, una infección oral puede obligar a retrasar quimioterapias, incrementar hospitalizaciones y elevar el riesgo de complicaciones sistémicas”, advirtió Limón de la Cruz.
La historia del cáncer infantil no solo ocurre en laboratorios o quirófanos; también está en la boca de un niño que deja de comer porque cada bocado arde, en una madre que busca aliviar el dolor con hielo o en el miedo de un pequeño que ya no quiere hablar porque las llagas sangran.
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