Vivir con obesidad eleva 55% el riesgo de depresión y la depresión incrementa 58% el de obesidad

Comunicado. En el marco del A Día Mundial de la Salud Mental (10 de octubre), especialistas señalaron que ésta debe integrarse en la prevención y el tratamiento de la obesidad. De acuerdo con un metaanálisis publicado en Archives of General Psychiatry, vivir con obesidad aumenta en un 55% el riesgo de desarrollar depresión, mientras que padecer depresión incrementa en un 58% la probabilidad de vivir con obesidad. Para abordar con éxito esta relación bidireccional se necesita romper el estigma social y garantizar un tratamiento médico integral, humano y empático.

En México, alrededor del 37% de los adultos vive con obesidad y 17% presenta síntomas depresivos, según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Ensanut) 2022. Aunque esto no significa que una condición acompañe siempre a la otra, existe un punto de intersección donde miles de personas se encuentran entre ambos padecimientos.

Si bien la obesidad se relaciona con ciertos patrones alimentarios, estos no dependen únicamente de decisiones individuales. El estado de ánimo, el estrés, el sueño y el entorno influyen en los sistemas cerebrales que regulan el apetito y la recompensa, por lo que atender la salud mental forma parte del tratamiento integral de la obesidad.

Sylvana Stephano, psiquiatra de la Clínica de Obesidad del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán (INCMNSZ), indicó que ambas condiciones están conectadas por mecanismos que van más allá de la conducta. “La relación es bidireccional porque obesidad y depresión comparten sistemas biológicos. El estrés crónico, la inflamación de bajo grado y las alteraciones metabólicas pueden modificar los circuitos cerebrales que regulan la recompensa, la motivación, el apetito y la percepción de las señales internas del cuerpo. En algunas personas, esto aumenta el valor de los alimentos altamente gratificantes y hace más difícil distinguir el hambre fisiológica del deseo de comer como respuesta al malestar”.

Es aquí donde entra en juego el "hambre emocional", que describe situaciones en las que el deseo de comer aparece asociado a un estado emocional y no a una necesidad energética inmediata. Cuando este patrón es frecuente, puede dificultar la regulación de la ingesta y del peso. “Detrás de esta conducta influyen muchas cosas, desde nuestra historia personal y patrones de crianza, hasta la dificultad para identificar y expresar nuestras emociones o una menor capacidad del cerebro para leer las señales internas del cuerpo, lo que llamamos interocepción, que dificulta distinguir entre hambre fisiológica, saciedad, estrés o tristeza”, agregó la especialista.

Lamentablemente, a pesar de que la ciencia demuestra que la obesidad es una condición multifactorial moldeada por la genética, el ambiente, la cultura, la biología, entre otros factores, se sigue juzgando a quienes la padecen. Las creencias negativas hacia una persona por su tamaño corporal y el estigma social, que se refleja en rechazo y discriminación, dificultan la atención médica y merman aún más la salud mental.

Al respecto, Stephano señaló que “la noción de que la obesidad se supera sólo con ‘comer menos y hacer ejercicio’ o con ‘fuerza de voluntad’ asume de forma equivocada que la salud solo depende de una decisión personal. Si bien adoptar hábitos saludables es de gran ayuda, no es suficiente por sí solo para resolver un padecimiento en el que todo nuestro entorno influye. Esto llena de culpa y vergüenza a los pacientes, lo que empeora su salud mental y provoca que eviten ir al médico por miedo a ser juzgados, disminuyendo su calidad de vida e incrementando el riesgo de desarrollar complicaciones graves como diabetes o hipertensión”.

 

 

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